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HUBIERA PODIDO SALVARTE

—Hubiera podido salvarte.

Él ponía su mejor tono de seductor, sin poder ocultar la emoción que quebraba ligeramente la confianza de su voz. Hacía mucho que una conversación no le estimulaba y ésta la estaba disfrutando.

—Ah, ¿sí? Qué noble por su parte. Espero que hubiera venido con lanza y a caballo; que, con pesados como ese, a veces las palabras no son suficientes.

Ella se mostraba dulce y vulnerable. Ambos exageraban sus roles para regocijo del otro, sin saber que sólo sería la primera de muchas ocasiones en las que lo harían.

—Me ofende, señorita. Soy más de navaja oxidada, crecí en un barrio chungo.

Ella rompió a reír, despojándose del traje de princesa perdida que acababa de ponerse. Se conocían de apenas unos minutos y ya sabían que aquello era diferente.

Ambos creían en esa magia por encima de todas. Sólo había dos maneras en las que entendían las relaciones: Aquélla en la que un rayo fulminante les atravesara en el primer cruce de miradas; y aquéllas que fracasaban. Sin excepción.

Despreciaban más de lo que compadecían a las parejas a las que escuchaban contar historias del tipo: “Al principio ni siquiera nos sentimos atraídos el uno por el otro. Nos conocimos en el trabajo, los dos teníamos pareja y nunca nos vimos de ese modo. Luego, nos fuimos conociendo más, hasta que un día empezamos a salir juntos, vimos que nos entendíamos bien y que apenas discutíamos, y hasta hoy”.

En el traductor del amor de ella, lo que sonaba realmente se parecía más a algo como: “Me quedé sin dinero para seguir comiendo en mi restaurante favorito, así que un día empecé a rebuscar en la basura y encontré un hueso de pollo al que aún le quedaba algo de pollo en el borde. Lo limpié un poco, me lo comí, vi que no vomité y que apenas sabía a basura, y hasta hoy”.

Él era aún más radical. Esas uniones, carentes de química, eran la última patata frita en la boca del obeso mórbido que ya no tenía nada que perder. La toalla caída en el ring del amor. Era el conformismo del mediocre.

En su extremo radicaba su virtud. Si lograban encontrar a alguien capaz de despertar esa energía irrepetible, la pasión jamás moriría.

La rutina pasaría a ser esa enfermedad lenta y silenciosa que sufría el resto, pero que no sería capaz de alcanzarles a ellos.

Como mucho, lo verían desde la ventana como un clima adverso, calando en los huesos de las parejas vacías, mientras ellos disfrutaban del microclima que habían sabido crear.

Todo en ellos era un juego. Hasta la forma en la que se conocieron.

Ella miraba hacia el mar, deseosa de huir del tipo que, sin tregua, le explicaba por qué el destino había querido juntarles en ese momento.

—Mira, yo soy Acuario, ¿vale? No sé qué signo serás tú, pero, dime la verdad, ¿qué probabilidades había de encontrarnos en la playa, en invierno, y anocheciendo? Venga ya, justo cuando no hay nadie. Y me había parecido raro cuando lo he leído esta mañana. Decía que conocería a alguien especial en mi vida. Flipante, ¿no? No sé qué crees tú, pero está claro que es una señal.

Ella pensaba que “Acuario”, obviamente, no sabía en qué creía ella, pero que tampoco debía importarle demasiado. Si no, quizá habría reparado en sus ojos en blanco, las miradas en busca de ayuda alrededor y sus intentos de interrumpirle para pedirle que se fuera. Acuario sabía leer demasiado bien el Horóscopo pero muy mal el lenguaje corporal.

—Espero que no te moleste, pero preferiría estar sola, no tengo ganas de…

—No, no, para nada. Si mi idea era la misma, estar en la playa corriendo y luego nadar un poco, que es a lo que me dedico. Soy profe de natación, de hecho. ¿A ti te gusta nadar?

No llevaba ni un minuto completo soportando a aquel tipo y ya empezaba a desesperarse. Estaba pensando en recoger la toalla y largarse de allí, cuando le vio a él.

Parecía distraído, como si hubiera llegado flotando en una burbuja imperturbable a la playa. Clavaba sus ojos en el agua, como un corredor que mantuviese la vista fija en la meta.

Le llamó con la mirada, con la absurda telepatía del que se aferra a un atisbo de magia en el mundo real. Funcionó.

La burbuja, incluso en la distancia, era ahora compartida. El brillo de unos ojos verdes encontrándose en mitad de la oscuridad enmudeció al viento. Enmudeció al mundo.

Ella pensó que, si la vida fuese un musical, la cámara lenta ralentizaría los pasos de él, un piano iría tocando las notas de una pegadiza melodía y ambos improvisarían una danza perfecta al ritmo de las olas del mar.

Por desgracia para ella, la vida volvía a ser real y Acuario se colocó justo delante, interponiéndose como el eclipse más molesto de la historia. 
Por suerte para él, el mundo no era un musical y aún tardaría años en demostrarle a ella, de forma práctica, la definición perfecta de la palabra “arrítmico”.

—¡Por fin te encuentro! —Él respondió con eficacia a la llamada silenciosa, aproximándose a ambos, con su mejor cara de preocupación.

—Sí, perdona, ¿te he asustado mucho? —Ella se dejaba llevar, guiada por la curiosidad de saber adónde llevaría él.

—¿Quién es? ¿Tu novio? —El destino estaba empezando a poner piedras en los zapatos de Acuario. Y el horóscopo había sido cruel por no avisarle.

Ella se mostró dubitativa, hasta que él tomó las riendas.

—Su psiquiatra —aclaró, con normalidad dirigiéndose a él—. ¿Cómo te has escapado esta vez? Miguel tenía un ojo morado cuando salí a buscarte.

—¿De qué se supone que va todo esto? ¿Tenéis algún jueguecito extraño para reíros de la gente o qué?

—Pues… hasta ahora, no. Pero igual inauguramos contigo la costumbre, si te quedas más rato.

—Y César tenía una pierna rota. ¿No ves que eres un peligro para ti misma y para los demás?

—Puedes parar. Ya se ha ido.

—Lo sé, me hace gracia fingir que eres una loca en potencia en realidad.

—¿Cómo sabes que no lo soy? Por cierto, ¿quiénes son César y Miguel?

—No sé, tus… ¿carceleros? ¿Enfermeros malvados que te retienen en un manicomio? Nunca he estado en uno, no sé cómo va.

—En realidad, yo tampoco. Pero tal y como lo pintas tú, suena divertido. Puedes pegar a gente y luego te van a buscar a la playa.

Él sonrió, orgulloso de su estereotipado personaje de psiquiatra preocupado.

—Por cierto, gracias —añadió ella—. Aunque estaba a punto de despacharle, la verdad.

—Joder, ya que me he currado la historia de la loca peligrosa, qué menos que mentirme y fingir que estabas desprotegida y que gracias a Dios que he llegado.

Ella alteró su tono de voz, haciendo que sonara frágil y aniñado.

—Estaba tan asustada… no sabía en qué momento ese enorme matón de metro sesenta y cuarenta kilos me saltaría encima… ¿Qué habría hecho sin ti? Mi héroe…

—Pelín sobreactuado, pero me ha gustado un poco —admitió él, sin reprimir una sonrisa cómplice.

—También te la has jugado mucho, ¿eh? Imagínate que el idiota ese hubiera estado loco de verdad.

—Hubiera podido salvarte.

Él llevaba media vida intercambiando su tiempo por sexo fácil e indoloro. Sus interacciones eran, aunque distintas, una obra de teatro ensayada hasta la extenuación. Sabía qué línea debía decir su personaje para que la coprotagonista de esa noche acabase con las uñas rasgando su espalda, un jadeo derramándose en su oído y un taxi esperándola en su puerta.

El procedimiento era el mismo cada vez. Juraba darse una tregua cada noche y olvidaba su promesa la siguiente. Su apetito era voraz. Devoraba por gula, aunque nunca se saciase. Era el único modo de alimentar su vacío. Ese que debía llenar un talento para escribir del que cada vez dudaba más. Su potencial era un árbol cayendo en un bosque solitario. Si nadie más lo veía, quizá ni siquiera era real.

Cada trabajo basura que aceptaba ensanchaba un poco más el agujero que se iba formando en su alma. Caminaba a oscuras cada día por la promesa de una luz que iluminase su futuro.

A falta de respuestas, encontró reafirmación. Como adicto a la sensación de poder que le otorgaba cada nueva conquista, se gustaba más a sí mismo de lo que le gustaban las chicas a las que conocía. Su droga era un bello reflejo en unos ojos distintos cada noche.

Se volvió flexible para hacerle frente al mundo. Había cambiado, adaptándose a su realidad. Pasaría todas las noches con alguien diferente, donde el agujero no pudiera encontrarle. Habitaría en el eterno retorno, abrazaría por siempre el bucle.

Ella era rígida e inamovible. Pasó la mitad de su vida con alguien en quien confiaba, por quien habría podido matar o morir sin dudarlo. Creció con la firme creencia del amor como caballero invencible capaz de derrotar a los monstruos de la soledad. Y, con el paso de los años, cada vez se sentía más como el devoto a quien Dios ha hundido su barco, quemado su casa y arrasado sus campos, pero que aún reza por que le deje vivir.

Su padre la abandonó cuando apenas dejaba de ser una niña y se convenció de que recompondría los trozos rotos, haciéndose más fuerte.

Alcanzada la treintena, se quebró de nuevo. Juró que sería la última vez. Ya no podría matar ni morir por nadie. No tenía un amor al que aferrarse, que espantara las sombras y sirviera como abrigo ante el invierno. Sangraba al caminar sobre trozos de confianza rota, y cada paso escocía aún más que el anterior. Su otra mitad había decidido completarse con alguien que no era ella. Que nunca más lo sería.

Sus principios, sabía, eran más fuertes que sus cicatrices. Y su coraza de hielo no podía congelar quien, en el fondo, era. Quien siempre había sido. Lo sintió cuando le conoció a Él.

—Si alguien me hubiera dicho que un día llevaría tres años saliendo con el tío que vino a salvarme en la playa, jamás me lo habría creído.

—Es muy de Tauro eso, ¿eh?

—Eres muy idiota, lo sabes, ¿no?

—Algo he oído.

—Tenías una oportunidad para decirme algo bonito y la has desperdiciado con una chorrada.

The story of my life, baby —repuso él, bajándose las gafas de sol que llevaba en la frente.

Fuck you —contestó ella, cruzándose de brazos, reprimiendo una carcajada.

—No pongas tus morritos de niña enfadada. Te prometo que cuando lleguemos a Praga, meteré una manzana de caramelo en tu copa de champán.

—La peor pedida de mano de la story, baby.

—Eso lo dices porque aún no has visto tu copazo de champán. Además, casarse es de adultos aburridos.

—Alguien se está haciendo mayor y no asume su edad, me tem… Oh, ¿Qué es eso de tu barba? ¿Canas?

—El humor tiene límites y los acaba de sobre pasar, señorita. Buenas noches.

Desafiaron al tiempo y la rutina cada día. Ni siquiera la temían; ellos eran más grandes y libres que el miedo.

Sabían que cuando las parejas se estancaban era porque uno de los dos lo hacía primero. Poco después, le seguía el otro y al final acababan convirtiéndose en un monstruo de Frankenstein hecho a base de despojos.

Él disfrutaba escribiendo casi tanto como mostrándole a ella sus novelas una vez las acababa, aunque no viviera de ello.

Ella estudiaba psicología por las tardes, sintiéndose una conquistadora moderna cada vez que compartía con él los enigmas del nuevo mundo del cerebro.

—¿Te han hablado ya de los antidepresivos? –le preguntó él a ella el primer día.

—Era la presentación; no va a venir una farmacéutica malvada a lavarnos el cerebro.

—No en la presentación, claro. Esperarán a saber cómo os llamáis.

—¡Pero bueno! ¿Qué tienes en contra de ellos?

—Es como ponerle un bozal al perro que ladra para avisarte de un peligro.

—¿Qué dices? Tío, estás fatal.

—No, escucha, que es una metáfora cojonuda: hay un ladrón fuera, el perro ladra y en lugar de preguntarte qué pasa, le haces callar.

—Ay, perdón. Que no sabía que eras experto en veterinaria. ¿Cuál es la solución, doctor?

—Escuchar al animal interior. Si le oyes, verás que ruge porque te estás traicionando. Porque hay una brecha entre lo que eres y la forma en la que te estás comportando.

—Estás muy sexy cuando te pones tan solemne, ¿sabes?

—Admite que te ha gustado mi metáfora antes de distraerme con sexo.

Se admiraban con la pasión de quien reconoce en el otro a un igual, manteniéndoles despiertos.

Diez años contemplaban su historia. Ella tuvo que cerrar su clínica y él no había logrado ser escritor. El tiempo le transformó de promesa en potencia a fracasado resignado. La rutina era un cáncer que carcomía cada célula de pasión de su cuerpo. Hacía años que no escribía; no tenía sentido. El agujero le devoró hasta perder su identidad.

Justificó lo que hizo aquella noche pensando que era sólo eso: reafirmación. Un intento de recuperar el poder perdido.

Quiso creer que haber acabado en la cama con una chica diez años menor que él no era una traición; sólo una tirita para detener la hemorragia. Que la muerte de su pasión debía desembocar en otra que le mantuviera vivo.

Ella ni siquiera le gustaba. La conquista fue onanismo y, el sexo, beber cianuro por saciar la sed.

Así, pasó de ser el seductor infalible al asesino que había desvanecido el único rastro de magia en el mundo real.

Logró lo que el tiempo no pudo. Destruyó algo infinito, impertérrito.

Ella era rígida, inamovible. Pasó diez años de su vida con alguien en quien confiaba, por quien habría podido matar o morir sin dudarlo. Supo que era la última vez que se quebraba. No había nada en lo que pudiera confiar. Si hasta algo tan puro podía ser incierto, entonces nada era real. Se sintió en la cama del hospital de su existencia. Como si hubiera pasado años en un coma profundo, fantaseando con una vida idílica, negándose a despertar. El combate de La Fantasía Romántica había perdido por KO contra El Mundo Real de los Mediocres. Se negó a aceptar la derrota. Sabía qué debía hacer.

Su último pensamiento fue para las aventuras que no vivirían, para la gente que ya no les envidiaría, los años que ya no les contemplarían. Para la playa en la que se conocieron.

Soñó con que él pasaba de largo, que ella comenzaba a salir con el tipo que le habló aquel día. Algo vulgar, como lo que todos tenían; vida sin sobresaltos, ruptura llevadera y vuelta al ciclo. Como todos. Como siempre. Después, sólo saltó.

—No puedo creer que hayas escrito un libro sobre nosotros. Voy a pedirte derechos de autor, que lo sepas. –La admiración de ella se fundía con su propio orgullo en una perfecta sinfonía.

—Pues me vas a sacar una pasta, que la editorial ya quiere la segunda parte.

—Oye, ¿y si no hubieras podido? ¿Qué habríamos hecho cuando casi tuve que cerrar la clínica?

—Hubiera podido salvarte –respondió él, esbozando una sonrisa.

Los médicos ni siquiera le miraron, conocían su patrón. Llevaba años encerrado en el laberinto de su cerebro. Revivía una y otra vez una relación pasada, inventando un nuevo final. Después, sólo volvía al comienzo.

No importaba lo que pasase a su alrededor, él permanecía siempre ajeno. Su burbuja era más grande que aquel psiquiátrico. Cabían todas las ciudades que habían descubierto juntos, todos los momentos vividos; todo lo que habría querido vivir.

La locura sería su refugio eterno contra el dolor. El último resquicio de magia en el mundo real.

Se volvió flexible para hacerle frente al mundo. Había cambiado, adaptándose a su realidad. Pasaría todas las noches con Ella, donde el agujero no pudiera encontrarles. Habitaría en el eterno retorno, abrazaría por siempre el bucle.